Messi, Haaland, Mbappé... y la diáspora. Estos podrían ser, sin miedo a equivocarse, los cuatro grandes protagonistas del Mundial. El talento sobre el césped está decidiendo eliminatorias, pero no hay que obviar el hecho de que el trabajo previo realizado por las federaciones en los despachos también.
El Mundial de Estados Unidos, Canadá y México ha sido, sin duda, el torneo de los pasaportes. No solo por la dificultad de entrar al país de Trump o por las prohibiciones de acceso a actores principales como el árbitro Omar Artan. También porque muchos futbolistas no defienden a su país de nacimiento.
El dato lo resume todo: 289 jugadores del Mundial nacieron en un país distinto al que han representado. Es decir, aproximadamente uno de cada cuatro. 40 de las 48 selecciones han tenido al menos un futbolista en esta condición. En Rusia 2018 eran el 11%; en el Mundial de 2026, más del doble. Una tendencia al alza y que apunta a ser más importante aún en el futuro.
En la presente edición, solo ocho equipos presentaron plantillas formadas íntegramente por jugadores nacidos en el país: Arabia Saudita, Austria, Brasil, Colombia, República Checa, Panamá, Sudáfrica y Suecia. Curiosamente, todas están eliminadas.
El Mundial de la diáspora. Y tiene una normativa clara que hace que el scouting también sea clave para llegar lejos en el torneo. Para jugar con un país no basta con que un futbolista haya obtenido su pasaporte: la FIFA exige que el jugador tenga la nacionalidad y, además, un vínculo deportivo-jurídico suficiente con esa federación. Ese vínculo puede venir por haber nacido en el país, por tener padre, madre, abuelo o abuela nacidos allí, o por haber residido durante un periodo determinado.
Para algunas selecciones, la diáspora es una vía para sobrevivir en la élite. Para otras, es un leve impulso competitivo. Pero el objetivo es siempre el mismo: reforzar el equipo. Curazao ha liderado el ranking con 25 nacidos fuera. Le siguieron la República Democrática del Congo, con 20; Marruecos, con 19; Bosnia, con 17; Argelia y Haití, con 16; y Túnez, con 15. En el otro extremo están selecciones con apenas uno o dos casos, como España, Corea del Sur, Inglaterra, Alemania, Uzbekistán, Bélgica, Japón, Países Bajos, Egipto, Argentina, Irán, Uruguay, Noruega o Portugal.
¿Qué impacto está teniendo en el Mundial?
La diáspora, entonces, no es solo cosa de selecciones pequeñas. También aparece en equipos de primer nivel. Por citar solo algunos casos, España tiene a Aymeric Laporte, nacido en Agen, Francia, indiscutible para Luis de la Fuente en el centro de la zaga, como lo fue también en el pasado Robin Le Normand, también nacido en Francia.
Portugal tenía a Diogo Costa, portero titular, nacido en Suiza. Francia, que históricamente ha sido uno de los grandes centros de atracción y producción de talento multicultural, también tiene su ejemplo inverso con Michael Olise, nacido en Inglaterra y clave con Les Bleus. Un futbolista que pudo alimentar el debate inglés, pero que hoy potencia a una selección francesa ya de por sí exuberante.
Suiza juega con Breel Embolo, nacido en Camerún, como referencia ofensiva. Croacia tenía a Mateo Kovacic, nacido en Austria, como compañero de Luka Modric en la sala de máquinas. El escudero de Japón fue Zion Suzuki, nacido en Estados Unidos, uno de los porteros más interesantes de su generación. También están Iñaki Williams, nacido en Bilbao, y Antoine Semenyo, nacido en Inglaterra, ambos representantes de Ghana.
Casos hay cientos. Casi 300 en este Mundial. Pero repasemos los más determinantes. Noruega cuenta con Erling Haaland, nacido en Leeds, Inglaterra. Pocas explicaciones hacen falta. Es el jugador que hace soñar a todos y uno de los máximos goleadores del torneo, con 7 tantos.
El primer goleador mundialista de la historia de Curazao, Livano Comenencia, nació en Países Bajos, como la mayoría de sus compañeros, pero su tanto pertenece a Curazao para siempre. También Eloy Room, que realizó 15 paradas para darle a Curazao su primer punto mundialista, convirtiéndose en el portero que más paradas ha registrado en la historia de un partido de fase final del Mundial.
Si Australia ha superado la fase de grupos ha sido por jugadores como Nestory Irankunda, nacido en Tanzania, el gran proyecto de los Socceroos. Y también hay que mencionar al 'gigante' Harry Souttar, nacido en Escocia y líder de la zaga australiana.
Cabo Verde cautivó al mundo con el gol de Sidny Lopes Cabral, nacido en Países Bajos. Y la solidez de los Tiburones Azules sería imposible de explicar sin hombres como Pico Lopes, nacido en Irlanda y “fichado” por LinkedIn. Haití ganó el Puskas del Mundial con Wilson Isidor, nacido en Francia. Su gol ante Marruecos ya es historia del Mundial 2026. Como el de Kerim Alajbegovic para Bosnia, nacido en Alemania y gran exponente de la generación post-Dzeko.
Marruecos y su plan
Pero el rey de todos ellos es Marruecos. Probablemente ninguna selección ha sacado más partido a su diáspora en los últimos años. Los Leones del Atlas han construido un equipo de élite con futbolistas formados en España, Francia, Bélgica, Países Bajos o Canadá, pero conectados a Marruecos por identidad familiar.
El ejemplo más brillante es Ismael Saibari, nacido en Terrassa. En este Mundial se ha convertido en el máximo goleador marroquí. El hombre gol que necesitaba Ouahbi, pero que llega entre algodones a los cuartos contra Francia. También está Issa Diop, nacido en Francia. Llegó como el sustituto de Aguerd después de no recibir la llamada de Les Bleus ni de Senegal y acabó marcando un gol decisivo ante Países Bajos.
La lista marroquí impresiona por profundidad y variedad: Ayyoub Bouaddi y Neil El Aynaoui nacieron en Francia; Bilal El Khannouss, en Bélgica; Yassine Bounou, en Canadá; Achraf Hakimi y Brahim Díaz, en España; Noussair Mazraoui, en Países Bajos...
Ante Brasil, en el debut mundialista, llegó la prueba definitiva. Marruecos se convirtió en el primer país en jugar un partido de la Copa del Mundo con 11 futbolistas nacidos en otros países. ¿Será Marruecos el ganador del Mundial de la diáspora?