«Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes dársela tú? No seas entonces tan rápido en distribuir la muerte como sentencia. Pues ni aun los más sabios pueden ver todos los fines.»
¿ Y si todo fuese un síntoma sistémico? La palabra médica hace referencia a cómo se manifiesta una enfermedad o condición; estamos hablando de la exterioridad, el pico del iceberg, lo observable. Los brotes de pequeñas pústulas rojizas podrían ser un indicativo de varicela, por ejemplo. A partir de esta categoría propia de la medicina, se puede diagnosticar cualquier problema de salud; sin embargo, lo importante es que el síntoma no hace referencia al problema en sí: para curar la enfermedad, generalmente se trata su origen.
El pasado 27 de febrero hemos presenciado un trágico hecho que, indudablemente, ha dejado al pueblo boliviano en luto. Mientras escribo esto, ya se han registrado 22 personas fallecidas, provocadas por el accidente de una aeronave Hércules perteneciente a las Fuerzas Armadas, que tenía como cargamento grandes cantidades de dinero en bolivianos; el hecho se suscitó en el aeropuerto de la ciudad de El Alto.
Lo paradójico aquí fue tanto el enfoque mediático como la reacción de la población alteña aledaña. Las lentes no enfocaban a los heridos ni a los pilotos de la aeronave, no; todo fue simplemente un aspecto secundario en el titular mental: el dinero es lo que importa. Y aquí no quiero entrar en los típicos discursos moralistas que se exaltan y critican la actitud de la población alteña porque, como señalo inicialmente, esto es para mí un brote, una manifestación de algo más profundo. Como diría Hannah Arendt en La banalidad del mal: «Comprender no significa negar lo indignante, sino razonar sobre ello, comprender lo que pasó».
Describamos un poco el síntoma. Hemos observado, por una parte, el saqueo oportunista de los billetes desparramados alrededor de la aeronave: pobladores ejerciendo en su máxima expresión la «viveza criolla» sin tapujos. Por otra parte, hasta las 21:00 del viernes, casi ningún medio hablaba de los fallecidos y heridos; el énfasis de la cobertura se centraba en cómo los pobladores pasaron de robar el dinero cercano a la aeronave a, incluso, intentar derribar las rejas improvisadas que se colocaron para impedir el saqueo continuo.
Si empezamos a categorizar el problema, podemos observar la poca importancia que tanto pobladores como tiktokers y periodistas le dan a algo irrecuperable: la vida. Se ha registrado que, durante el traslado de los heridos y fallecidos mediante ambulancias, ha primado la avaricia por sobre una ética del cuidado; pocos automóviles cercanos se dignaron a dejar pasar a las ambulancia de emergencia, a pesar del inminente riesgo que implicaba tener heridos en condiciones críticas, entre ellos algunos niños que sufrieron daños graves.
En pocas horas, las instancias gubernamentales empezaron a plantear medidas económicas para invalidar los billetes saqueados de la serie B y, claro, quedó en segundo plano el dolor de las familias y el respaldo a los más de 100 heridos. La difusión sobre el tema fue tan baja que fue gracias a una amiga que me enteré de la existencia de una campaña de donación de sangre para los afectados del incidente.
El siguiente síntoma que podemos identificar es una ola de comentarios en redes sociales basándose en los prejuicios y denominativos “de siempre”, referidos a diferentes rasgos supuestamente esenciales y fenotípicos en la población alteña. No quisiera mencionarlos porque me parecen muy desagradables, pero noto en estas explicaciones simplificadoras un aire de superioridad moral que se desbanca con el solamente el no intentar comprender.
¿No vivimos acaso bajo un discurso dominante que establece a la competencia como la base del desarrollo humano? Al dinero como fetiche, al abandono de la poesía por la comercialidad, a una sociedad donde prima el rendimiento, al sometimiento a la positividad, al discurso de la marca propia que nos reduce a una mercancía enajenada de sí misma. ¿No se tiene acaso como dogma un libre mercado que avala la venta de órganos como una forma de negocio, discurso exaltado por un presidente de la región?
El capital, como nueva deificación, permite que sus reglas se impongan más allá de lo establecido en el contrato social, es decir, la vida y los derechos. Se organizan guerras, invasiones y genocidios cruentos en nombre de intereses económico-políticos. Se prioriza investigar cómo realizar mutaciones genéticas para que los niños tengan apariencia caucásica, pero las transnacionales farmacéuticas “se atajaron” de invertir en los grandes avances que tiene Mariano Barbacid en la curación del cáncer de páncreas, por poner un ejemplo.
En ese sentido, lo que hemos visto en El Alto no es más que un síntoma, una forma que toma la sobrevivencia desde antaño. Es el sistema funcionando perfectamente para una población con un 80% de informalidad laboral. Las explicaciones estereotípicas y racistas también encajan perfectamente en esta lógica; se manejan desde una doble moral donde se observa el hecho, pero no se cuestiona el contexto macrosocial, donde el robo está penado para los de abajo, pero premiado en la clase política de TODOS los gobiernos, en las élites y el empresariado que se forma a partir del despojo.
Así, la respuesta frente a cualquier tragedia pasa, en general, por la indolencia, donde poca cabida tiene el comprender. La respuesta fácil se presenta como eliminación y negación de la otredad; la solución fascistizada olvida siempre que todos somos parte de una misma conexión unificada.
Con dolor y luto, mis sentidos pésame a todas las familias afectadas y un reconocimiento a todos los héroes que ayudaron a cuidar vidas durante un suceso tan crítico.
(*) Cristian Pérez es comunicador social
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